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DECLARACIÓN DE LA

RED CHILENA DE ANTROPOLOGÍA DE LA SALUD

EN TORNO A LA SITUACIÓN SANITARIA COVID 19 EN CHILE

                 La pandemia Covid-19 nos enfrenta a un escenario único a nivel mundial, y nos desafía en todos los ámbitos de la vida. Como profesionales e investigadoras de la antropología dedicadas a la salud creemos imperante hacer una reflexión desde nuestra disciplina en torno a las dinámicas que se han generado en nuestro país a partir de marzo 2020, visibilizando de manera urgente la inclusión de una mirada interdisciplinaria para afrontar este problema colectivo.

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               Desde la autoridad sanitaria han surgido una serie de medidas de contención de la epidemia, derivadas de estrategias propias de la salud pública que han demostrado ser eficientes desde tiempos remotos de nuestra historia, tales como el distanciamiento social y las cuarentenas totales y parciales. Estas estrategias nos llevan a reflexionar en torno al supuesto en el que se basa gran parte del quehacer biomédico, a saber, que las poblaciones corresponden a un grupo homogéneo de personas, donde el manejo de los comportamientos individuales es la principal variable que incide en los resultados en salud. A nuestro parecer, esta mirada, ampliamente arraigada en las políticas públicas y en el quehacer científico, desplaza a un segundo plano el rol que cumplen los fenómenos sociales y culturales en los comportamientos en salud de los grupos humanos. La Antropología de la Salud se preocupa de este campo de acción, poniendo especial énfasis en el hecho que el cuerpo humano y sus síntomas son interpretados a través de filtros culturales, saberes y suposiciones epistemológicas, los cuales configuran las redes de significado desde las cuales los individuos y los grupos toman sus decisiones en salud. Esto significa comprender que los comportamientos en torno a la salud-enfermedad-atención y cuidados no siempre siguen lógicas unidireccionales ni están orientados únicamente por la evidencia científica, que a menudo se muestra incongruente e inaccesible para las poblaciones. En este sentido, a partir tanto de nuestras investigaciones locales, como de la evidencia internacional, a continuación esbozamos lo que consideramos son tres aspectos críticos, que se transforman en obstáculos para la gestión adecuada de la crisis, y cuya reversión resulta urgente:

 

LA ENFERMEDAD ENTENDIDA COMO FENÓMENO INDIVIDUAL:

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            Desde el conteo cotidiano de casos, hasta las características específicas de los cuadros individuales que pretenden explicar la posibilidad de superar la enfermedad (paciente con enfermedad de base, edad, etc.), el enfoque que prima hasta el momento es el que pone el foco en los comportamientos individuales como estrategia para conseguir o recuperar la salud. Si bien esta aproximación es una característica transversal de la biomedicina, las formas que adquiere dicho modelo varían en distintas sociedades según los enfoques de salud pública que se promuevan. En Chile, en las últimas décadas ha primado un enfoque sobre los individuos que lleva a las personas a ser falsamente inducidas a pensar que sus condiciones de salud dependen sólo y exclusivamente de sus propias conductas y decisiones, como por ejemplo la estrategia de “elegir vivir sano”, en cuya misma línea se sitúan los mensajes que apuntan a lavarse las manos siguiendo el protocolo establecido y quedarse en casa. La precarización de las condiciones del sistema público de salud, que es usado por la mayoría de la población, donde además se concentran las personas con mayor carencia de recursos y de más alto riesgo, hoy nos ponen en una compleja condición frente al virus, en la medida en que ocultan la existencia de condiciones estructurales y socio-culturales que impiden el cumplimiento de la presunta libre elección. Sólo por dar algunos ejemplos, hoy en día: más de10.000 personas están en situación de calle (MDS 2017), lo que representa un 0,05% de la población total; 1,4 millones de personas no tienen acceso a agua potable o alcantarillado (CASEN 2017), es decir, aproximadamente un 8% de la población se encuentra en ese problema, que se ha agudizado con la sequía que actualmente vive el país; 3,6 millones de trabajadores/as no cuentan con contrato de trabajo, haciendo imposible respetar una cuarentena estricta sin poner en riesgo los ingresos mínimos para su sobrevivencia (Fundación Sol 2020), lo que representa aproximadamente un 43% del total de la fuerza de trabajo ocupada; y 3,5 millones de personas están en situación de pobreza multidimensional (CASEN 2017), lo que corresponde aproximadamente a un 19% de la población total. Hacemos un fuerte llamado a responder a las condiciones que hacen posible (o imposible) tener los resguardos necesarios para el autocuidado y el cuidado de otros/as en el contexto de esta pandemia, en la cual no solo importa si se vive o se muere, sino cómo se experimentan ambos fenómenos; cómo se cuida la salud mental de las personas, las situaciones de violencia de género (sólo por poner un ejemplo, la última semana de marzo las llamadas al fono violencia del Ministerio de la Mujer aumentaron en un 70%), cómo se garantiza el acceso a los derechos humanos básicos, como el acceso al agua, a los derechos sexuales y reproductivos, a la alimentación, etc. Justamente, las personas con mayores niveles de vulnerabilidad son quienes han quedado invisibilizados/as detrás de una biopolítica que ordena los cuerpos, ¿pueden todos estos grupos elegir por su propia salud?

 

“HOSPITALOCENTRISMO” Y DESCONOCIMIENTO DE LA IMPORTANCIA DEL ENFOQUE DE SALUD COMUNITARIA:

 

              Al poner toda la fuerza, el presupuesto y el discurso en la cantidad de camas críticas, respiradores mecánicos y especialistas disponibles, sin considerar las labores de la llamada “epidemiología de campo” -la cual permite pesquisar a tiempo y prevenir los contagios en los territorios-, y sin transferir recursos a la atención primaria, que es el primer umbral de contacto entre la población y los servicios médicos, nuestro país está enfrentando la pandemia a partir de un sistema exclusivamente centrado en la capacidad de acción de los hospitales, que van inevitablemente, destinados al colapso. Contrario a este enfoque, uno de los principales frutos de la colaboración entre ciencias sociales y salud ha sido comprender la necesidad de crear sistemas basados en la promoción de la salud y no sólo en la eliminación de la enfermedad, tal como lo promueve la misma OMS. La diferencia entre ambos paradigmas radica en la idea que la salud se construye cotidiana y colectivamente, lo que implica organizar servicios orientados a actuar efectivamente sobre los casos que necesitan de cuidados especializados, previniendo la aparición y agravamiento de enfermedades en la población sana. Este supuesto, frente a una enfermedad altamente contagiosa como Covid-19, resulta fundamental pues el gran riesgo es el colapso de los sistemas sanitarios debido a una demanda que sobrepasa numéricamente la capacidad de asistencia del sistema de salud. La falta de recursos públicos destinados a los territorios y a la acción de agentes de salud comunitarios, (no necesariamente personal médico sino también líderes, dirigentes vecinales, presidentes de agrupaciones de usuarios/as, etc.), implica desperdiciar una oportunidad valiosa de diagnosticar casos precoces, romper cadenas de contagio, y asegurar el seguimiento de las personas contagiadas, susceptibles de ser tratadas en sus casas, dando además soporte a los/as cuidadores/as para protegerles del contagio. Vemos cómo esta situación se plasma en lo que está sucediendo en la región de La Araucanía, territorio que tiene un alto número de casos confirmados y de muertes asociadas al Covid-19, dejando en evidencia que la población más perjudicada es la perteneciente a los grupos sociales en mayores condiciones de vulnerabilidad por pobreza, género, discapacidad y/o pertenencia a pueblos indígenas originarios. En este sentido debe retomarse la determinación social de la salud, ya que son las condiciones sociales, económicas y laborales de partida las que definen las medidas de abordaje de la pandemia.

 

EXCLUSIÓN DE LAS COMUNIDADES Y DE SU DIVERSIDAD INTERNA DE MECANISMOS DE PARTICIPACIÓN EN SALUD:

 

             Por último, creemos que, así como no se ha puesto atención en la potencialidad que tiene una acción extendida hacia los territorios, la acción impulsada hasta ahora ha ignorado abiertamente la posibilidad de involucrar a las comunidades en los procesos de participación, despojándolas de su derecho a ser parte de las decisiones en salud. Esto significa que las comunidades han sido llamadas a “obedecer” a las acciones promulgadas verticalmente por un grupo de profesionales de la biomedicina y decisores políticos que poco contacto tienen con las múltiples diversidades internas que habitan nuestro territorio. Los riegos que se corren producto de esta exclusión no son pocos. Ya hemos visto, por ejemplo, cómo ciertos grupos  etarios -como los jóvenes- tienden una vez más a ser estigmatizados por su falta de responsabilidad y empatía con el resto de la comunidad; o cómo ciertos grupos religiosos, como los evangélicos, han sido responsabilizados por su falta de obediencia a la autoridad sanitaria. Sin menoscabar la importancia que tienen todos los grupos sociales para afrontar la pandemia, la falta de participación en la creación de una estrategia común tiene como consecuencia la invisibilización de las diversidades internas de nuestro territorio, con sus formas específicas de abordar el proceso salud-enfermedad-atención y cuidados. Existe amplia evidencia para afirmar que la comprensión de la salud y la interpretación de la enfermedad son procesos altamente definidos por variables culturales, históricas, económicas, sociales y políticas, en las que la voz, por ejemplo, de un líder religioso, de un educador o de una agente indígena de salud pueden influir de forma definitoria en el comportamiento de una comunidad específica. La existencia de un pluralismo médico cada vez más extendido, así como la presencia en nuestro país de tradiciones indígenas y migrantes en salud, implican mayores desafíos para afrontar el proceso salud-enfermedad-atención y cuidados, y la necesidad de generar miradas múltiples que deben ser consideradas y utilizadas como recursos a favor de la creación de estrategias comunes. La coordinación de estrategias intersectoriales y territorializadas, capaces de hacer converger la diversidad de nuestro país en acciones de cuidado, son necesidades primordiales para revertir la exclusión de actores sociales clave sin los cuales detener la pandemia es imposible.

 

          Creemos que este es un momento crucial para pensarnos como comunidad, para reformular nuestras relaciones con el medio ambiente, el trabajo y nuestras diversidades internas y para comprender, finalmente, la importancia que tiene lo colectivo sobre la salud de todos y todas.

 

RED CHILENA DE ANTROPOLOGÍA DE LA SALUD

Martes 14 de Abril del 2020

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